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Carne

16 feb

Por Libro,

-          ¡Vámonos! ¡Vámonos!

-          ¿Cómo que vamos? ¿No ve que ni siquiera hemos empezado?

-          Ya no sé si quiera. Me está entrando miedo.

-          ¿Miedo?

-          Si. Miedo.

-          Mariquita. ¿Quiere que todos sepan que le dio miedo como a un mariquita?

-          No.

-          Entonces tenemos que hacerlo. Jamás nos van a dejar volver sin esos chorizos.

-          Nos van a matar. Estoy seguro de que nos van a matar.

-          Si nos cogen sí. Pero eso no va a pasar.

-          ¿Me puedo asomar yo?

-          Dele, pero con cuidado. No vaya a dejar que la luz entre por el hueco. Hay que  taparlo con la mano, así.

-          ¿Así?

-          No. No sea imbécil. Ponga toda la mano.

-          Esto no se ve nada bien.

-          ¿Qué está viendo?

-          Veo una mesa de metal y una silla…

-          ¡Shhhhh! ¡Cállese! ¿Quiere que nos jodan? Hable pasito…

-          Veo una mesa de metal, una silla y una vela en medio de la mesa. No sé de dónde habrán sacado la idea de que aquí iba a haber chorizos. Esto no me gusta. ¿Seguro que el baboso ese averiguó bien?

-          Aquí es el sitio. No hay nada más alrededor.

-          Me duelen los ojos. Acá nos va a pasar algo…

-          No nos va a pasar ni mierda. Más bien concéntrese en lo que ve.

-          Nada.

-          ¿Cómo que nada? ¿Se aguevó?

-          Nada marica. No se ve un soberano carajo… Espere. Alguien está entrando.

-          Déjeme ver, pero tape el hueco con la mano. Si ven la luz, nos jodemos.

-          Hágale.

-          Jueputa.

-          ¿Qué? ¿Quiénes son?

-          Es la ratapicha esa.

-          ¿Gerardo?

-          No. La otra ratapicha. ¡Pues claro que Gerardo!

-          ¿Qué está haciendo?

-          Está empujando un carrito. Parece pesado, man.

-          ¡Esos son! ¡Jueputa! ¡Esos son!

-          Bueno papá. Ahora sí fue. No nos vamos de acá sin esos chorizos. Por mi madre.

-          Me están temblando las rodillas. Imagínese si entramos. Me voy a cagar.

-          Ni se va a cagar, ni me voy ni nos van a cagar. Todo va a estar bien. Sólo necesitamos tener paciencia y no hacer ninguna estupidez. Mire: cuando se larguen van a dejar el carrito ahí con todo, pero no se van a demorar porque se descongelan los chorizos ¿entiende? seguramente van a ir a recoger el billetico y vuelven, entonces tenemos la oportunidad, tal como dijo Jonatan.

-          ¿Y por qué sabe tanto el baboso ese? No me gusta. No confío en ese perro.

-          Mejor cállese. Si se pone a decir esas vainas a cualquiera, lo quiebran. Agradezca que yo no soy tan hijueputa como los demás.

-          Usted me cae bien. A mí el que me cae mal es el baboso ese.

-          El “baboso ese”, como usted le dice, nos va a poner chorizos en el estómago. ¿Prefiere morirse de hambre?

-          No, man. Lo que sea por unos chorizos.

-          Esta misión se la craneó ese man. Téngale algo de respeto a su jefe.

-          Si no fuera por la prohibición, ese tipo estaría lavando vidrios de los carros en un semáforo.

-          Pues sí. Cómo le parece. Así son las cosas de la escasez cuando la gente tiene hambre.

-          Yo tengo hambre.

-          Igual yo y los demás allá en la comunidad.

-          Todavía no entiendo lo de la prohibición.

-          Usted es bruto, ¿no?

-          No entiendo por qué.

-          Porque es carne. Carne. ¡Jodida CARNE!

-          Mi hermana me pidió que volviera con algo. Me dijo que estaba segura de que si no comía hoy iba a perder el bebé y a morirse pariendo el feto.

-          Eso no va a pasar. ¡Cállese! A veces me dan ganas de romperle la cara. Agradezca que no soy tan gonorrea como los demás. Asómese otra vez a ver qué hacen. Cuidado con la luz.

-          ¡Marica!

-          ¿Qué?

-          No hay nadie, pero el carrito se está moviendo.

-          No me joda.

-          ¿No oye los golpes? ¡Man! ¡hay alguien dentro del carrito! Mire.

-          Haber…. jueputa… sí… ¿entonces no vendrán chorizos? Espere…

-          Déjeme ver.

-          Mire pues, pero diga lo que pasa.

-          ¿Cómo no oyen esos golpes? ¿Será que se fueron?

-          ¿No ha salido?

-          No, pero el carrito se mueve como un hijueputa.

-          ¿Y no hay nadie alrededor?

-          Nadie. La bodega está vacía. Espere… ¡Guevón! ¡salió alguien! ¡cayó al piso! y un MONTÓN de chorizos le caen encima, se le vienen las tiras de chorizo encima por cientos, ¡MILES!

-          ¿Quién es? ¿QUIÉN?

-          No sé… tiene una capucha puesta y las manos y piernas amarradas con una cuerda. Está tratando de zafarse y de salir de la montaña de chorizos… ¡Shhhhhh! Alguien está llegando…

-          Uno de esos hijueputas.

-          Mierda… viene con una llave de tuercas en la mano. Le está diciendo algo, pero no alcanzo a oír. El del piso se quedó quieto.

-          ¿Qué ira a hacer con esa llave?

-          Tuqui tuqui, creo… no se ve con cara de querer arreglar nada con eso.

-          ¿Será uno de nosotros? ¿Nos habrán jodido? No quiero que usted tenga razón con lo de la confianza en Jonatan.

-          ¡Marica! ¡ES Jonatan! ya le quitó la capucha.

-          ¿CÓMO? Si ese man está más protegido que el putas…

-          Pues ES… le está dando patadas en el estómago.

-          Marica, no. Ahora sí se jodió esto. ¿Qué hacemos? ¿Le ayudamos?

-          ¿Y cómo pretende ayudarlo estando solo nosotros acá? Aunque no hayamos visto al resto, esos malparidos andan juntos como las ratas que son.

-          Lo sentó en la silla y le soltó las manos. Ese man está mal. Le han dado hasta por el culo. Tiene la cara vuelta mierda.

-          ¿Qué habrá pasado en la comunidad? ¿Será que jodieron a todos?

-          Si estuvieran jodidos hubieran traído a más gente, pero sólo está él.

-          Lo habrán agarrado en ese puto motel. Nosotros acá poniendo el cuello y ese man culiando… tenemos que entrar a ayudarlo.

-          Ese man está armado. Se le ve el fierro por debajo de la camisa.

-          Busquemos algo… unos palos, un cuchillo, ¡Algo!

-          Sí. Unos palos contra un revólver. Muy buena idea.

-          No podemos dejar que lo mate.

-          No podemos dejar que nos maten.

-          Vamos a hacer una vaina…. ¡jueputa! ¿oye esos gritos? ¡lo está torturando! le tiene la mano en la vela… el pobre man está llorando… le está cocinando la mano.

-          Hay que entrar ya.

-          ¡Vámonos! ¡Vámonos¡

-          Vamos ni mierda.

-          Entonces yo me voy.

-          Váyase si quiere, pero ese man no ha hablado protegiéndonos a nosotros o, mejor, protegiendo la misión. ¿Qué cree que le estará preguntando?

-          No sé. Lo estará torturando por placer. Ya sabe lo gonorreas que son esos del sur.

-          Lo está torturando preguntándole en dónde estamos nosotros. El man sabe que estamos detrás de esos chorizos, pero no confía en nadie, ¿ve? ni siquiera confía en su propia gente. Esta acá solo y Jonatan sabía que iba a estar sólo. Ese man es muy verraco en la vida. Nos está dando la oportunidad. Jonatan sabía que esto le iba a pasar. Tenemos que entrar. Tenemos que sacar esos chorizos como sea.

-          Y lo que quede de Jonatan.

-          Jonatan ya no importa. ¡Hagámosle! usted por un lado y yo por otro. Prométame que si me pasa algo, le va a llevar los chorizos a mi hermana primero que a nadie.

-          Se lo prometo.

-          ¡Júrelo!

-          Se lo juro.

-          Muy bien… entonces a la cuenta de tres… uno… dos… y… ¡PUM!

Gorda

7 feb

Por Libro aka Ludopat

Mi mujer está gorda. No es simplemente un caso de unos kilitos de más en su cuerpo rollizo, sino que está verdaderamente obesa. Cuando visitamos a su familia, los observo a todos tratando de descifrar si su descomunal tamaño viene de alguna línea genética visible, pero hasta el día de hoy no he visto a ninguno que se le asemeje en tamaño, ni siquiera un poco.

No siempre fue así. Cuando nos casamos tenía un cuerpecito delgado, con los huesos marcados debajo de las axilas, unas piernas largas y bronceadas, y su cuello se levantaba como una torrecita para sostener su rostro que brillaba como si tuviera luz propia. Me acuerdo que en esa época no le podía quitar las manos de encima y teníamos mucho sexo atlético y sudoroso. Hace poco estábamos viendo fotos viejas, de antes de casarnos. En una de un paseo al río, mi mujer tenía puesto un bikini rojo que me producía celos porque llamaba la atención de los demás hombres. Sus tetas se veían bien, paradas y duras, y la pieza de abajo era un hilo dental que se metía entre sus nalgas para desaparecer en la oscuridad de su entrepierna. Vimos las fotos con detenimiento y, mientras sacaba una cuchara repleta de helado de vainilla y almendras  para llevarla a su boca, dijo “En esa época tenía mucho acné. Era horrible.”

Hace dos años comenzó a comer, exactamente en su cumpleaños número treinta. Se comió medio pastel de chocolate con caramelo, y luego dijo, mientras cogía con  las dos manos su entonces pequeño balón de estómago, “quedé llenísima, pero quiero más…”. Desde entonces siempre piensa en comida. Al cabo de un tiempo, también en las noches atacaba la cocina para comer “una dosis”, como le decía a los antojos. Pero lo que en un principio fue una serie de pequeños caprichos gastronómicos de medianoche que se llevaba a la cama, se transformó en una cena adicional entre la comida y el desayuno, que se comía sentada en el comedor a las tres de la mañana. A veces, para no ensuciar  la vajilla y tener que lavarla una y otra y otra vez, mi mujer se come una  mezcla de todo lo preparado directamente de la olla en donde cocina, de modo que con una cuchara basta para consumir todos los alimentos de una vez.

Mi mujer suda mientras come. Se sienta frente a la olla llena de comida picada y revuelta, truena los dedos, coge su cuchara con la mano derecha, guarda la otra bajo la mesa, enfrenta la montaña de comida y se pone a comer. Se mete las cucharadas colmadas entre la boca a tal velocidad que se alcanzan a ver los pedazos sin masticar del bocado anterior. Me ha dicho que le preocupa quedarse sin dientes, pero le contesto que no se preocupe, que tengo un amigo odontólogo que con gusto le haría una boca nueva con dientes más fuertes.

No sé cuánto ha crecido mi mujer desde que empezó a comer, pero creo que estamos al borde de una crisis. Hace como un mes estaba yo en la cama viendo televisión cuando comenzó a hacerme juegos y a tocarme con sus manazas sobre el pantalón tratando de bajarme la cremallera. Al principio yo no quería porque estaba algo cansado del trabajo, pero ella estaba como un animal, mezcla de salvaje y burda carne caliente, con su enormidad amenazante haciendo sombra sobre mi cama. Fue al clóset y se puso un pequeño vestido rosa con encajes y un brasiercito negro que traslucía por el velo sedoso. Se me acercó despacio y me dio un beso en la mejilla y comenzó a jugar con sus tetas frente a mí. Luego salió un minuto del cuarto y volvió con una pata de pavo en la mano masticando el mordisco que le había dado. La luz que entraba por la ventana se reflejó en sus labios grasosos haciendo destellos. Gotas de aceite caían de la pata al piso y ella las aprovechó para jugar un poco más untándose grasa en sus gigantescos pezones. Se puso la pata en la entrepierna como si fuera un pene y me lo mostró levantado hacia el techo. Comenzó a masturbar lentamente la pata y a subir y bajar su mano sobre ella. Luego la subió y le dio otro mordisco que, a medio masticar, me escupió sobre el cuerpo y me dijo que me lo tenía que comer si quería seguir viendo. Me tocó comerme su pedazo masticado, pero aún tenía algo de sabor. Rogué para que no me fuera a tocar ponerme debajo de ella. Estaba preocupado ante un aplastamiento.

Cuando terminamos, ella jadeaba exhausta boca arriba y su carne ocupaba casi toda la cama. Yo en mi esquina, desnudo, me sentí al borde de la muerte. Su respiración ocupaba casi todo el aire de la habitación y, como me sentía algo mareado, le pedí que me dejara abrir la puerta. “Tengo hambre”, dijo. Le dije,“te voy a preparar algo. Ya verás cómo te va a gustar”. Ella sonrió y me preguntó si no le había parecido algo extraño lo que hizo con la pata del pavo. Parecía que estaba preocupada por eso. Yo le dije que la gente en la intimidad hace cosas así, y que no había de qué preocuparse.  “Estoy brava contigo. Es increíble que no la hayas encontrado.” Yo sabía que me hablaba del incidente, pero no es fácil encontrar en la penumbra el pliegue exacto en donde está su vagina. Cuando vio que me había equivocado, amorosamente corrigió el camino y me llevó hasta donde debería ir. Lo que le molestó más, me dijo, fue que yo no me hubiera dado cuenta, pero la sensación es prácticamente la misma. Tengo eso para excusarme.

Ahora su tamaño está hecho de un conjunto balanceado de redondeces y óvalos. La cabeza parece una protuberancia sobre sus hombros, como si alguien hubiera metido la mano dentro de su cuerpo y hubiera sacado de sus entrañas medio melón haciéndole luego un par de rayas para los ojos. Su piel se agrupa en capas desde el cuello hasta los muslos, una encima de la otra, como quedan los conos de helado cuando se sirven de una máquina. Cuando se viste de verde y se pone los aretes grandes que le regalé, parece un árbol de navidad. Otro día tuve curiosidad de ver si alcanzaba su ombligo. Ella me retó con una sonrisa y meneó el dedo diciendo “no, no… No eres capaz…” Claro, como a cualquiera cuando lo retan, no pude resistirme y tuve curiosidad así que le dije que se quitara el camisón y antes de comenzar la búsqueda, dijo “yo misma he intentado muchas veces, y nada. ¿Crees que no me baño?” Ella parecía contenta. Me gusta verla así, de modo que le seguí el juego. Remangué mi camisa en el brazo derecho hasta el bíceps, puse la punta de mis dedos en el vórtice del remolino en donde calculaba yo que podría estar su ombligo y entré. Pensé que podría haber usado algún lubricante, pero ya estaba hecho. Era como meter la mano entre dos colchones cuando hay diez personas sobre la cama. En un punto, cuando iba por el codo, sentí temor por mis huesos, especialmente cuando ella se reía por las cosquillas y se movía de arriba abajo: ya se sabe que el brazo de una persona puede doblarse sólo hasta ciertos ángulos. Aunque el sudor me ayudaba a resbalar por los vericuetos de su piel, estaba muy cansado. Me iba a dar por vencido cuando toqué algo metálico que identifiqué inmediatamente como una moneda. La agarré con fuerza y la saqué al exterior después de haber naufragado quién sabe hace cuanto entre su piel. Se la mostré a mi mujer y se puso feliz. “Uy”, dijo, “mis cuentas sí estaban mal, después de todo… pensé que alguien me habría robado. Pero sigue, que esto será plata, pero no es ningún ombligo…” Yo, la verdad, no quería seguir, pero habiendo encontrado algo me picó la curiosidad y quise saber qué más podría encontrar entre su inmensidad. Cuando terminé la exploración  mi mujer estaba casi dormida. Yo estaba sin camisa y sin pantalones, y en ocasiones tenía que tomar aire para meter mi cabeza dentro de ella porque el brazo no alcanzaba el fondo. Tenía que hacer fuerza con mis pies sobre la pared para entrar así fuera sólo un centímetro más. Así estuvimos cerca de una hora, en un mete mano-saca cosas. Al final había en un montoncito: un pasaporte,  una caja con dos donas rancias y aplastadas, mi reloj de pulsera perdido (sin pila), un llavero, un par de calzoncillos míos y una bolsa con semillas que no pude identificar. Seguramente hubiera encontrado más cosas, pero estábamos muy cansados de modo que me quedé dormido sobre ella. Siempre fue cómodo acostarse sobre su vientre. Por cierto, nunca encontré el ombligo; ella generalmente tiene razón.

Hace una semana que no duermo en el cuarto. Ella dice que ha estado enferma y que prefiere que no entre. Oigo bajar el agua del inodoro unas diez veces al día, y la televisión está a todo volumen, pero no me dice nada. Le dejo la olla con su mezcla de comida en la puerta y me pide que me aleje, incluso que me vaya. Cuando regreso, así haya estado afuera sólo cinco minutos, la olla está vacía en el mismo sitio en que la dejé. Eso pasa muchas veces diarias. Ahora no tiene que pedírmelo: simplemente hace sonar una campana y me pongo a cocinar. En mi trabajo ya no toman más excusas para ausentarme, pero no soy capaz de dejarla sola y enferma.

Unos días antes de encerrarse, mi mujer me dijo que estaba preocupada porque nada la saciaba. Su hambre estaba consumiéndola. Ese día volví del trabajo y la vi sentada en medio de la sala viendo televisión. Estaban dando un programa sobre la preparación de un cerdo rostizado. Estaba imbuida en el programa tanto que no me sintió llegar. Le dije “hola” varias veces, pero su mandíbula se suspendía abierta sobre una de las papadas que le caían del cuello y de su boca salía un chorro constante de saliva. Como pude, subí una pierna sobre una de sus rodillas, busqué una saliente de las caderas en dónde apoyarme, me sostuve de una mano cerca de su cuello y logré balancearme hasta subir al nivel superior de su cuerpo. Al no ver ninguna reacción con todo el movimiento, me preocupé y di un último salto hasta sus hombros en donde le grité al oído “¿QUÉ TE PASA?” y ella se asustó, obviamente, y levantó una mano hasta su hombro como para espantar un insecto lanzándome al otro lado de la sala, en donde caí casi inconsciente entre las dos neveras. Al verme volvió en sí y dio un alarido mientras se me abalanzaba para recogerme. Me dio un beso en la cabeza que me dejó saliva entre los oídos y me pidió perdón mil veces en tanto me ponía en medio de sus tetas y se levantaba para llevarme a hacer una curación de mis heridas. “No es grave”, le decía yo, pero ella no paraba de pedirme mil perdones por lo que había hecho. Estaba de verdad arrepentida. Me dijo que si hubiera de matar a todos alguna vez yo sería el último. Luego se puso a llorar. Traje un vaso para recoger sus lágrimas, pero se llenaba al poco tiempo y luego decidí ir por un balde que tampoco sirvió. No quedaba más que mojarme, pero me pareció poético que lloviera dentro de mi casa, así que me dejé llevar.

Anoche intenté entrar al cuarto. Quise ver cómo estaba y si podía dormir en la cama, porque estaba cansado del sofá. Traté de abrir pero no pude. Parecía que hubiera trancado la puerta con algo, posiblemente el armario de la ropa, así que tomé impulso y me abalancé con todas mis fuerzas y le di una patada con tal fuerza que le abrí un hoyo en la madera del tamaño de un balón de fútbol. Cuando quise asomarme al hueco para ver cómo estaba mi mujer, me encontré con una especie de líquido viscoso y rosado que salía despacio, a la velocidad en que se mueve la miel dentro de un frasco. Di un paso atrás y comencé a ver cómo brotaba esa masa con algunos pedazos de pelo, un ojo, una mano que reconocí porque llevaba la alianza del matrimonio, sus pies, primero uno y a los cinco minutos el otro, y kilos y kilos de piel imposible de identificar. La puerta cedió al ímpetu de la carne y se rompió, dejando caer a mi mujer descuajada sobre el piso. Pensé que estaría muerta, pero unos ruiditos dentro de las capas de carne llamaron mi atención y comencé a buscar la fuente hasta que encontré su boca que me decía, “tengo hambre… tengo hambre…” No sé qué voy a hacer con ella. He pensado en dejarla ahí en la sala, pero me preocupa que comience a tener mal olor y los vecinos puedan decir algo. Yo seré el marido, pero no le voy a limpiar el culo ni aunque supiera en dónde está. Por ahora voy a ver si duermo sobre ella hasta que encuentre la forma de sacarla sin hacerle tanto daño.

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