La Mar

15 mar

No estoy acostumbrado a esperar para entrar a un sitio, pero esa noche Juana quería comer ahí. Así que me arme de paciencia y esperamos. Mientras tanto observé el lugar y me pareció grande pero acogedor, nada del otro mundo. Después de 25 minutos apareció un lugar en una de las barras, no dijeron que después nos pasaban a una mesa, pero nosotros preferimos la barra.

Nos atendió un mesero atento y nos ayudo a elegir las entradas y los platos fuertes, cuando pedí picante me trajeron un ají de rocoto para aderezar la comida, después de comer la parrilla de mariscos, un mix de causas y un arroz chaufa la mar, puedo decir que valió la pena la espera, por la buena comida y por saber que en algún lugar del planeta hay un ají de rocoto casi tan bueno como el de El Subte.

 

Aparte de Gargantúa y Pantagruel: “De cómo pasamos la isla de los zuecos”

22 feb

De F. Rabelais en Gargantúa y Pantagruel: “DE CÓMO PASAMOS LA ISLA DE LOS ZUECOS…”

“… entró un gran zueco que llevaba un tenedor en la mano, acariciándoles con él, de suerte que comenzaron su comida por el queso y la acabaron con la mostaza y la lechuga, como testimonia Marcial que era la costumbre de los antiguos. Al final se presentaba a cada uno una bandeja de mostaza, siendo servidos con mostaza después de comer.

Su dieta era como sigue: el domingo comían salchichas, morcillas, salchichones, guisados, asados de hígado, codornices, siempre con queso a la entrada y mostaza al final. El lunes, hermosos guisantes con tocino, con un amplio comentario y glosa interlineal. El martes, mucho pan bendito, hojaldres, pasteles, galletas, bizcochos. El miércoles, asado, es decir, bellas cabezas de carnero, cabeza de vaca y cabeza de tejón, que abundan en aquella comarca. El jueves, sopa de siete clases y en medio la sempiterna mostaza. El viernes, nada más que fruta de serval, que aún no estaba madura, según podía juzgar por su color. El sábado roían los huesos. Sin embargo no eran pobres ni miserables, porque cada uno de ellos tenía el beneficio de un vientre muy bueno. Su bebida era un antifortunal: así llamaban a no sé qué brebaje del país…”

 

La casa de mi tía

22 feb

Por Panza,

Generalmente ir a la casa de mi tía es motivante, porque además de comer recetas exquisitas que ha aprendido en cada viaje que ha hecho por el mundo, siempre se comparte con familia y amigos en un ambiente abierto a la discusión. Y eso es fundamental para comer, porque si yo comiera en un sitio aburrido en donde sólo fuera permitido pensar de una forma, seguro que no importa el platillo siempre me sabría a tornillos con salsa de aceite y de tomar gasolina.

Pero en esa casa no es así, cada uno de los comensales en su mayoría pensamos de manera diferente, eso hace que el cerebro funcione mejor, creo pero no lo puedo asegurar, que eso hace que disfrutemos los sabores con más intensidad ya que la cabeza está más despierta y con ganas de disfrutar más lo que entra por la boca.

Algo así es lo que me pasa en El Subte, siempre encuentro buena comida, amigos y gente con la que puedo hablar de diferentes temas, eso hace que cada a ida a El Subte me recuerde las placenteras visitas a la casa de mi tía.

Carne

16 feb

Por Libro,

-          ¡Vámonos! ¡Vámonos!

-          ¿Cómo que vamos? ¿No ve que ni siquiera hemos empezado?

-          Ya no sé si quiera. Me está entrando miedo.

-          ¿Miedo?

-          Si. Miedo.

-          Mariquita. ¿Quiere que todos sepan que le dio miedo como a un mariquita?

-          No.

-          Entonces tenemos que hacerlo. Jamás nos van a dejar volver sin esos chorizos.

-          Nos van a matar. Estoy seguro de que nos van a matar.

-          Si nos cogen sí. Pero eso no va a pasar.

-          ¿Me puedo asomar yo?

-          Dele, pero con cuidado. No vaya a dejar que la luz entre por el hueco. Hay que  taparlo con la mano, así.

-          ¿Así?

-          No. No sea imbécil. Ponga toda la mano.

-          Esto no se ve nada bien.

-          ¿Qué está viendo?

-          Veo una mesa de metal y una silla…

-          ¡Shhhhh! ¡Cállese! ¿Quiere que nos jodan? Hable pasito…

-          Veo una mesa de metal, una silla y una vela en medio de la mesa. No sé de dónde habrán sacado la idea de que aquí iba a haber chorizos. Esto no me gusta. ¿Seguro que el baboso ese averiguó bien?

-          Aquí es el sitio. No hay nada más alrededor.

-          Me duelen los ojos. Acá nos va a pasar algo…

-          No nos va a pasar ni mierda. Más bien concéntrese en lo que ve.

-          Nada.

-          ¿Cómo que nada? ¿Se aguevó?

-          Nada marica. No se ve un soberano carajo… Espere. Alguien está entrando.

-          Déjeme ver, pero tape el hueco con la mano. Si ven la luz, nos jodemos.

-          Hágale.

-          Jueputa.

-          ¿Qué? ¿Quiénes son?

-          Es la ratapicha esa.

-          ¿Gerardo?

-          No. La otra ratapicha. ¡Pues claro que Gerardo!

-          ¿Qué está haciendo?

-          Está empujando un carrito. Parece pesado, man.

-          ¡Esos son! ¡Jueputa! ¡Esos son!

-          Bueno papá. Ahora sí fue. No nos vamos de acá sin esos chorizos. Por mi madre.

-          Me están temblando las rodillas. Imagínese si entramos. Me voy a cagar.

-          Ni se va a cagar, ni me voy ni nos van a cagar. Todo va a estar bien. Sólo necesitamos tener paciencia y no hacer ninguna estupidez. Mire: cuando se larguen van a dejar el carrito ahí con todo, pero no se van a demorar porque se descongelan los chorizos ¿entiende? seguramente van a ir a recoger el billetico y vuelven, entonces tenemos la oportunidad, tal como dijo Jonatan.

-          ¿Y por qué sabe tanto el baboso ese? No me gusta. No confío en ese perro.

-          Mejor cállese. Si se pone a decir esas vainas a cualquiera, lo quiebran. Agradezca que yo no soy tan hijueputa como los demás.

-          Usted me cae bien. A mí el que me cae mal es el baboso ese.

-          El “baboso ese”, como usted le dice, nos va a poner chorizos en el estómago. ¿Prefiere morirse de hambre?

-          No, man. Lo que sea por unos chorizos.

-          Esta misión se la craneó ese man. Téngale algo de respeto a su jefe.

-          Si no fuera por la prohibición, ese tipo estaría lavando vidrios de los carros en un semáforo.

-          Pues sí. Cómo le parece. Así son las cosas de la escasez cuando la gente tiene hambre.

-          Yo tengo hambre.

-          Igual yo y los demás allá en la comunidad.

-          Todavía no entiendo lo de la prohibición.

-          Usted es bruto, ¿no?

-          No entiendo por qué.

-          Porque es carne. Carne. ¡Jodida CARNE!

-          Mi hermana me pidió que volviera con algo. Me dijo que estaba segura de que si no comía hoy iba a perder el bebé y a morirse pariendo el feto.

-          Eso no va a pasar. ¡Cállese! A veces me dan ganas de romperle la cara. Agradezca que no soy tan gonorrea como los demás. Asómese otra vez a ver qué hacen. Cuidado con la luz.

-          ¡Marica!

-          ¿Qué?

-          No hay nadie, pero el carrito se está moviendo.

-          No me joda.

-          ¿No oye los golpes? ¡Man! ¡hay alguien dentro del carrito! Mire.

-          Haber…. jueputa… sí… ¿entonces no vendrán chorizos? Espere…

-          Déjeme ver.

-          Mire pues, pero diga lo que pasa.

-          ¿Cómo no oyen esos golpes? ¿Será que se fueron?

-          ¿No ha salido?

-          No, pero el carrito se mueve como un hijueputa.

-          ¿Y no hay nadie alrededor?

-          Nadie. La bodega está vacía. Espere… ¡Guevón! ¡salió alguien! ¡cayó al piso! y un MONTÓN de chorizos le caen encima, se le vienen las tiras de chorizo encima por cientos, ¡MILES!

-          ¿Quién es? ¿QUIÉN?

-          No sé… tiene una capucha puesta y las manos y piernas amarradas con una cuerda. Está tratando de zafarse y de salir de la montaña de chorizos… ¡Shhhhhh! Alguien está llegando…

-          Uno de esos hijueputas.

-          Mierda… viene con una llave de tuercas en la mano. Le está diciendo algo, pero no alcanzo a oír. El del piso se quedó quieto.

-          ¿Qué ira a hacer con esa llave?

-          Tuqui tuqui, creo… no se ve con cara de querer arreglar nada con eso.

-          ¿Será uno de nosotros? ¿Nos habrán jodido? No quiero que usted tenga razón con lo de la confianza en Jonatan.

-          ¡Marica! ¡ES Jonatan! ya le quitó la capucha.

-          ¿CÓMO? Si ese man está más protegido que el putas…

-          Pues ES… le está dando patadas en el estómago.

-          Marica, no. Ahora sí se jodió esto. ¿Qué hacemos? ¿Le ayudamos?

-          ¿Y cómo pretende ayudarlo estando solo nosotros acá? Aunque no hayamos visto al resto, esos malparidos andan juntos como las ratas que son.

-          Lo sentó en la silla y le soltó las manos. Ese man está mal. Le han dado hasta por el culo. Tiene la cara vuelta mierda.

-          ¿Qué habrá pasado en la comunidad? ¿Será que jodieron a todos?

-          Si estuvieran jodidos hubieran traído a más gente, pero sólo está él.

-          Lo habrán agarrado en ese puto motel. Nosotros acá poniendo el cuello y ese man culiando… tenemos que entrar a ayudarlo.

-          Ese man está armado. Se le ve el fierro por debajo de la camisa.

-          Busquemos algo… unos palos, un cuchillo, ¡Algo!

-          Sí. Unos palos contra un revólver. Muy buena idea.

-          No podemos dejar que lo mate.

-          No podemos dejar que nos maten.

-          Vamos a hacer una vaina…. ¡jueputa! ¿oye esos gritos? ¡lo está torturando! le tiene la mano en la vela… el pobre man está llorando… le está cocinando la mano.

-          Hay que entrar ya.

-          ¡Vámonos! ¡Vámonos¡

-          Vamos ni mierda.

-          Entonces yo me voy.

-          Váyase si quiere, pero ese man no ha hablado protegiéndonos a nosotros o, mejor, protegiendo la misión. ¿Qué cree que le estará preguntando?

-          No sé. Lo estará torturando por placer. Ya sabe lo gonorreas que son esos del sur.

-          Lo está torturando preguntándole en dónde estamos nosotros. El man sabe que estamos detrás de esos chorizos, pero no confía en nadie, ¿ve? ni siquiera confía en su propia gente. Esta acá solo y Jonatan sabía que iba a estar sólo. Ese man es muy verraco en la vida. Nos está dando la oportunidad. Jonatan sabía que esto le iba a pasar. Tenemos que entrar. Tenemos que sacar esos chorizos como sea.

-          Y lo que quede de Jonatan.

-          Jonatan ya no importa. ¡Hagámosle! usted por un lado y yo por otro. Prométame que si me pasa algo, le va a llevar los chorizos a mi hermana primero que a nadie.

-          Se lo prometo.

-          ¡Júrelo!

-          Se lo juro.

-          Muy bien… entonces a la cuenta de tres… uno… dos… y… ¡PUM!

Chorizos y arepas

9 feb

Por Bonete aka Emiliano

Ayer martes tuve una experiencia un tanto desagradable luego de haberme comido una “chori-arepa” en un carrito frente a la olímpica de la 100 con novena. Fueron dos malos momentos en uno en realidad.

A las arepas con chorizo hay que sumarle la presencia de las ratas que se visten de verde. ¡Si! Esos híbridos entre roedores callejeros y aguacates que dan nauseas solo de verlas, con sus pantalones caídos y sus barrigas esbeltas que desprenden el último botón de la camisa. Por suerte no tuvimos más que contacto visual con ellas pero igual fue bastante repugnante, estaban ahí como un racimo de animales en la parte más baja de la escalera.

Que personajes tan desagradables todas ellas juntas, separadas o como sea, con sonidos vulgares escapándose de sus bocas entre mordisco y mordisco “anhhhhh, crubrsstt, anhenhehnh, sttttrhhunbss”, con las caras esbozando esfuerzos y sudores, comiendo en medio de chillidos y chupeteadas (una trilogía orgásmica entre el chorizo, la arepa y los dientes amarillos de la “pinche” rata), todas ellas con las bocas desbordadas de la mezcla de carbohidratos y proteína, y la mayonesa que se les iba chorreando desde el medio de sus bigotes…

Luego empezó a llover, algo muy normal por estos lados, ellas acuclilladas en un rincón al lado de su basura chisporroteaban escupitajos junto a las gotas que caían.

Esto ocurría mientras el otro muñeco armaba la tan anhelada preparación: agarro la arepa, la puso sobre las brasas de vuelta y vuelta, luego la enmántelo y le tiro sal (literalmente), puso a calentar el chorizo que estaba dentro de un pincho y luego de también tirarlo en medio de la arepa me la paso.

En momentos como este es cuando pienso que no puede haber nada peor. ¡Pero no! Totalmente equivocado resulta que ese famoso chorizo estaba hecho váyase a saber con que carne, para mi paladar (y ojala que así sea para evitar males peores) era algún animal domestico, se sentía una textura mas dura de lo normal, la grasa tenia olor a rancio y era en exceso. La carne extremadamente roja parecía viva, quizás recién había sido procesada y se veía todavía fresca y caliente.

Los demás chorizos estaban listos sobre un ataúd de porcelana esperando solamente a caer sobre los aplausos de la parrilla improvisada sobre la acera, para luego de ser metida en el medio de la lonja de arepa entregarse a algún estomago desesperado.

PRECIOS: Arepa con sal y manteca $1000
“CHORI-AREPA” $2000
Gaseosas BIG $500
Remedios, droguerías MERCAFULL $25000

No se si fue porque el famoso chorizo tenia un sabor extraño y algunos pequeños huesitos o si fue por la impertinente componía de las ratitas verdes, pero no la pase bien ayer por la noche, ahora estoy en un ritual lisérgico.

Obviamente se imaginarán que he tenido noches peores.

Munchies Top 5

8 feb

Por Cuajar aka Dr Anthony Popoi

Mi debut en este blog gastronómico no podía desentonar con el de mis colegas panza y libro. Dos artículos que lograron abrir mi apetito de tal manera que para mi fue imposible no pensar en aquel estado alimenticio ocasionado por el consumo de la popular sustancia psicotrópica. En aquellos momentos de una gula incontrolable que ahora experimento incluso en estados de sobriedad y que sólo he podido saciar en ciertos restaurantes locales, pues si hay algo que caracteriza al mercado gastronómico roliviano son sus precios altos, sus porciones pequeñas y su actitud snob de sus comensales a la hora de ir a exponerse en un restaurante.

Pero afortunadamente aún quedan lugares que se preocupan por el auténtico glotón. Por aquel animal que que disfruta de la grasa y la proteína en cantidades alarmantes sin importar las consecuencias que esta práctica pueda dejar en su hígado o en su sistema digestivo. Por aquella comunidad a la que orgullosamente pertenezco y espero le guste este humilde top 5 de los mejores lugares para saciar la munchies.

Top 5: Belgrado. Aquel restaurante infaltable en cualquier top mío que implique algo rico. Uno de los pocos restaurantes de la capital del zapatico mojado en el que a uno le ofrecen el brazo entero de un marrano al horno a un precio razonable.

Top 4: Mongolian. Aunque muchos la ven como vil comida china de caja, este tradicional y poco conocido restaurante de comida rápida, no ha reducido ni el tamaño de sus tazones ni el límite (que no existe) de harinas, salsas y verduras que uno le puede añadir a este “carrotancado” personalizado de comida salteada. Un lugar ideal para quienes practican guardar un poco para el desayuno del día siguiente.

Top 3: Festival de alitas del Beer Lounge. A pesar de que esta increíble promoción de los miércoles me costó mi segunda crisis hepática, sigue haciendo parte de mis eventos favoritos para saciar el hambre. Un delicioso reto que espero algún día volver a enfrentar para poder superar mi marca personal de 31 alitas con papas y cerveza.

Top 2: Fulanitos. Lo más parecido a una verdadera chuleta valluna que se puede encontrar en Bogotá. Un precio aceptable y unas porciones que definitivamente no parecen preparadas por un chef local.

Top 1: Tenedor libre de El Subte. Sobrebarriga, pollo, punta de anca, asado de vacío y chorizo hasta más no poder durante 3 largas horas. Sin comentarios.

Buena digestión,

Cuajar aka Dr Anthony Popoi

Mi instinto animal

8 feb

Por Panza aka El Burro

Los leones en su estado natural son voraces y agresivos cuando tienen hambre, cuando ven que una deliciosa cebra se les va escapar o cuando ven que un cocodrilo se les adelanta.

Y es que no es necesario ser un animal salvaje para sentir que cuando uno tiene hambre y no hay comida dan ganas de matar, y más cuando es algo totalmente delicioso.

Un ejemplo de lo que me pasa a mi cuando tengo hambre y tengo planeado ir a El Subte a comerme un delicioso choripán con salsa criolla. Algunas veces  faltando 5 minutos me llama un cliente que necesita que arreglemos cualquier cosa de un arte o de lo que sea (en ese momento no sé de que me hablan, tengo la mente nublada, no puedo dejar de pensar en mi delicioso chori) y se extiende la conversación más de las 12:45pm, de verdad me dan ganas de meterme por el teléfono y morderle el cuello a esa persona y saciarme con su carne. Pero en ese momento me imagino con la cara llena de sangre como un león, me da asco, así que espero que termine la fastidiosa conversación y salgo ansioso por mi anhelada comida a ese gran lugar que es El Subte.

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